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Sexo, mentiras, moda y homofobia: cómo es la serie ‘El asesinato de Gianni Versace’

La nueva ‘American Crime Story’ explora otra historia de la prensa amarilla de los noventa con celebridades, un asesinato y el carácter opresivo del clóset.

Verano de 1997: el diseñador de moda Gianni Versace se despierta en su mansión en Miami Beach, con pantalones de pijama decorados con su propio logo. Se pone una bata rosa, y sale al balcón a admirar el sol de la mañana sobre las olas del mar. Pasea por su palacio de oropel, saludando a los sirvientes que ya están de pie en sus lugares. Versace agarra un vaso de jugo de naranja de una bandeja de plata, mientras se dirige a la piscina a desayunar -solo-. Mientras, un asesino serial psicópata está en la playa, con un arma y una biografía del fundador de Vogue, Condé Nast. A los pocos minutos, Versace estará muerto.

El asesinato fue un crimen que sacudió al mundo: un ícono de la alta cultura asesinado en las puertas de su propia mansión. En otras palabras, un crimen perfectamente diseñado para la imaginación sensacionalista de Ryan Murphy. El es quien da vida a este caso en la segunda entrega de su serie de antología American Crime Story, luego del revuelo que ocasionó The People Vs. O.J. Simpson. El asesinato de Gianni Versace cuenta con todas sus obsesiones preferidas -sexo, dinero, fama, lujo, los límites escurridizos de la identidad gay-. El diseñador era una figura central en la cultura americana en 1997, mencionado por Biggie en el ubicuo hit de aquel verano, “Hypnotize”. Para el final de ese verano, tanto la leyenda de hip-hop como el experto en moda eran víctimas de asesinatos, y Puff Daddy estaba en el escenario de los MTV Video Music Awards con Sting, pidiéndole al público que levantara las manos por Biggie, Tupac… y Gianni Versace.

The People Vs. O.J. Simpson era una historia de Los Angeles, y el decorado hollywoodense era parte de por qué funcionó tan bien, con veteranos como John Travolta, David Schwimmer y Sterling K. Brown. Verdaderamente, una historia en la que Los Angeles hace de sí misma. Pero El asesinato… empieza con el crimen, luego retrocede en la carrera de su asesino Andrew Cunanan, un estafador que ya estaba en la lista de los Más Buscados por el FBI luego de asesinar a cuatro otros hombres a lo largo de país ese año. La historia, escrita por Tom Rob Smith (London Spy), deja la historia del asesinato de Versace en el fondo durante gran parte de la serie, enfocándose en el trasfondo de cómo un chico gay en el clóset se transformó en un monstruo homicida.

Un tema trágico que recorre la historia es cómo la cultura gay cambiaba a la velocidad de la luz en los noventa. ‘El asesinato’ retrata cuán opresivo seguía siendo el clóset en 1997.

Darren Criss, dejando muy atrás a Glee, es grasoso y aterrador en el papel de Cunanan, con desesperación en su mirada. Está ahí en la manera en la que se emperifolla para su primera cita con Versace en 1990, cuando el diseñador lo invita a la ópera; se prueba los trajes caros de otra persona mientras en la radio suena “Been Around the World” (de Lisa Stansfield”. (En 1997, ya sería más famosa como una canción de Biggie/Puffy). Es un trepador que ve a Versace como su gran premio, aunque se burle de su ropa: “Dicen que Armani diseña ropa para esposas. Yo creo que Versace diseña ropa para putas”.

Edgar Ramírez es carismático, y cálidamente empático, en el rol de Versace. Al igual que en su sorprendente interpretación de un terrorista de los setenta en Carlos, el actor venezolano hace de un hombre obsesionado con su visión, determinado a trabajar para ella a cualquier precio. Ricky Martin, en una interpretación mucho más allá de lo que la mayoría habría esperado de él, es el desconsolado novio de Versace, Antonio D’Amico. Juntos son la pareja emblemática del jet-set conocida en todo el mundo, moviéndose en círculos exclusivos. En el funeral de Versace, la Princesa Diana se sienta al lado de Elton John; un par de semanas después, el compositor de Goodbye Yellow Brick Road estaba cantando “Candle in the Wind” en el funeral de ella.

Penélope Cruz es sencillamente aterradora en el rol de Donatella, la hermana del diseñador, quien ya no se satisface con ser una musa; quiere su papel en la dirección del negocio. Es gélida y arrogante en su odio por su novio. “Mi hermano tiene una debilidad por la belleza”, resopla Donatella. “Le perdona cualquier cosa. Pero yo no soy mi hermano.” Es un personaje tan extravagante que es difícil interpretarlo sin parodia, como en la gran caricatura de Maya Rudolph para Saturday Night Live, una diva que chilla constantemente: “¡Pongan la música loca!”. Pero la Donatella de Cruz no es una caricatura; es despiadada en su decisión de mantener la Casa de Versace viva como estética. Como dice la señorita: “Mi hermano seguirá vivo siempre y cuando Versace lo esté. No voy a permitir que ese hombre, ese don nadie, mate a mi hermano dos veces”.

Un tema trágico que recorre la historia es cómo la cultura gay cambiaba a la velocidad de la luz en los noventa. Parecía un momento más liberado que los ochenta, pero El asesinato retrata cuán opresivo seguía siendo el clóset en 1997. Fue el año en que Ellen DeGeneres se declaró lesbiana en su sitcom, después de sus sugerencias de que era “zurda” o “libanesa”. Faltaba un año para Will & Grace; la idea del matrimonio gay parecía un sueño imposible. Los policías a cargo del caso de Versace están perplejos ante la noción de que una pareja gay comparta una sociedad doméstica -el oficial que interroga al novio pregunta: “¿Cuál era su relación con el Sr. Versace?”. Los agentes del FBI están ciegos de homofobia cuando se ríen de la pronunciación del nombre de Versace. (“¿El cantante?” “Ese es Liberace. Este es el tipo de los jeans”).

Aunque la familia Versace ya denunció a la serie, esta nueva American Crime Story presenta al diseñador como una figura genuinamente heroica: un hombre visiblemente gay en los noventa, que vive fuera del closet de maneras que habrían sido inconcebibles una década antes. Parte del poder emocional de El asesinato es que el diseñador, a su manera, estaba ayudando a que el mundo hiciera una transición hacia un lugar diferente: una transición que él, trágicamente, no vivió para ver.

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